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Martes 3 de Agosto de 2010


La Palabra

El invitado

Ojos grandes

por Liliana Santacroce - escritora (Córdoba)

Había pertenecido a la raza de mujeres de ojos grandes, ahora en su vejez, la ancianidad empezaba por ellos, achicándoselos cada día más, el color de su mirada se iba acercando al infinito silencioso donde las palabras estorbaban.
Su mundo limitado de paredes blanquecinas, testimoniaba en la humedad, su paso cargado en huellas doloridas.
El té de las tardes en el jardincito de geranios junto al balcón. La caricia remolona del gato blanco. La tele encendida en el canal eterno de noticias. Eran la compañía perpetua a los recuerdos que ahora pertenecían a lo lejano y atemporal de su vida.
Por momentos le sonreía la historia de amor lujurioso y caprichoso de aquella adolescencia lejana.
Por momentos la mujer vibraba en la carne y se mostraba ante un espejo imaginario donde sólo la sonrisa se maquillaba en sus labios rosados.
Los años sesenta de rock nacional, atormentado por botas militares le dejaban el sabor de ciertas ausencias. El olor del miedo bajo sus brazos y entre las piernas. La parcialidad de sus sueños acribillados en la memoria del que no regresaría jamás.
Eterna, nostalgiosa, clandestina, amada y aborrecida por un público limitado de verdades. La mostraban en el papel amarillento de la prensa, en las carteleras desvencijadas, en las luces de las marquesinas del teatro.
Fue dueña de la presencia, antes mucho antes de que otros la imitaran.
Fue dueña de la astucia y de la sonrisa, y de la voz que acallaba otras voces.
Se le encarnaron a la piel vestidos facetados de colores brillantes demarcando escotes y espalda, boas multicolores, zapatos europeos y la rebeldía del pantalón ajustado.

Maria Clara jugaba con botellitas de vidrio, frascos de remedio, cajitas de fósforos y potes de crema vacíos que sólo mantenían el perfume de la abuela en el recuerdo.
Soñaba con ser una farmacéutica importante en su pueblo.
Después de la escuela pasaba despacito y miraba de reojo a don Agustín, el olor extraño que salía de la farmacia le encantaba. El guardapolvo de color natural siempre limpio que tenía puesto el hombre estaba incorporado al entorno.
Don Agustín era un personaje oscuro, silencioso. Había llegado de España junto a sus padres cuando aquel país certificaba dolor por la guerra civil, y la dictadura de Franco. Creció sin el canto ni los poemas de la patria porque ellos vivían el duelo constante de los ausentes.
Era mucho mayor que ella pero la mirada de la niña no pasaba desapercibida.
Arreglaba su bigote incipiente, se mostraba atareado, sonreía con cautela.
Temía la candidez y la inocencia de ella. Y ella, temía la mirada triste, las manos acicaladas y el perfil educado del hombre.
Sabía él cuánto le costaba el trato con las mujeres. El desahogo de su hombría en la casita de luces rojas del otro lado del pueblo; eran el camino obligado a la cobardía por tener ciertos pensamientos sobre la niña.
Y aunque la niña creciera y se fuera lejos a estudiar en la ciudad con el paso del tiempo. Sabía simplemente que ciertos sabores le serían siempre esquivos en la vida.

María Clara la de los ojos grandes y sonrisa bonita se olvidó de la facultad cuando conoció la calle Corrientes y supo aquel otoño de 1966 que el arte combinaba con sus piernas perfectas de bailarina.
Raimundo Ortega supo ver más allá cuando le pidió que improvisara junto a un telón bajo y sin público.
Después los textos cambiaron y lo que al principio perfilaba una cara provinciana y simple, la convirtieron en una actriz comprometida con su público.
La gente la aplaudió de pie durante eternos minutos. El estrellato, la fama, el dinero. Llegarían demasiado rápido como para quedarse.
Tiempos después propuestas partidistas. Amores insensatos. Amistades oportunas. Enemigos cautelosos. Gente que miraba. Gente que observaba y esperaba.
Diez años después escapó a Paraguay y luego Venezuela.
Muchos fueron los que no lo lograron.
Y sobrevivir el exilio le sumó nostalgias de potes vacíos y frascos de remedios sin contenido.

03-08-2010

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