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Lunes 8 de Noviembre de 2010


Editorial

La política hereditaria

La elección de 2011, la que elegirá al nuevo Presidente de la República Argentina, probablemente se definirá entre los herederos de los dos principales líderes políticos desde el regreso de la democracia.
Estamos hablando de Ricardo Alfonsín y Cristina Fernández de Kirchner.
Ninguno de los dos estaba entre las principales consideraciones hasta febrero de 2009. En menos de dos años, la situación política se modificó absolutamente. La muerte del ex presidente radical reflotó su imagen, la cual había quedado alicaída con el paso del tiempo. Por su parte, el repentino fallecimiento del santacruceño eliminó (al menos, por ahora) gran parte de la imagen negativa que tenía en la sociedad.
Analicemos la situación parte por parte: Ricardo Alfonsín no era más que "el hijo de", un dirigente radical -de pura cepa- que, como tal, no había superado los límites de la provincia de Buenos Aires. A partir del fallecimiento de su padre, exacerbó sus similitudes: a las naturalmente físicas, le sumó el modo de hablar (pausas, tonos, etc).
De esta manera, comenzó a aparecer en los diferentes medios nacionales, erigiéndose como el heredero natural del último de los caudillos radicales. Con el paso del tiempo, fue ganando terreno por encima del vicepresidente Julio César Cleto Cobos, quien con el voto de julio de 2008, había picado en punta como líder de la oposición.
Hace algunos días, la Argentina sufrió uno de los días de mayor dolor de los últimos tiempos. A diferencia de Alfonsín -que se encontraba retirado de la actividad pública desde hacía ya un tiempo, debido a una prolongada enfermedad y su avanzada edad- Néstor Kirchner falleció de manera imprevista. A lo largo del presente año había dado indicios de que su salud se había resquebrajado. Pero, su entorno y sus seguidores quisieron creer que eso no era verdad. Porque habría sido dar un signo de debilidad, el cual no estaban dispuestos a dar.
Lo visto por televisión desde el miércoles hasta el viernes por todos los argentinos habla a las claras del sentimiento que había generado en la población, más allá de haber estado o no de acuerdo con las políticas implementadas.
No eran pocos los analistas que habían vislumbrado a finales de 2007 que la intención del kirchnerismo era mantenerse en el poder, sobreponiéndose a los límites impuestos por la Constitución Nacional. ¿En qué consistía? "Pingüino o pingüina", era la frase que repetía Kirchner para hablar de las fórmulas presidenciales. La intención era que se fueran alternando Néstor y Cristina en el sillón de Rivadavia. La Reforma del '94 evitaba una reelección indefinida, imponiendo el límite de un período más. Con esta jugada, el matrimonio presidencial vislumbraba un país con una misma dirigencia por los próximos 16 años. Ahora, como máximo, podría llegar a tener 4 años más.
La finitud de la vida de Kirchner implicó también la finitud del proyecto político programado por este. Ahora, Cristina aparece como la heredera directa de ese proyecto político que fundara con su marido a finales de los '80.
Alfonsín y Kirchner tuvieron personalidades similares. Con sus aciertos y con sus errores, crearon un modo de ver y entender a la política y a nuestro país que marcaron una época. Ambos formaron parte de lo que se denomina "progresismo" en la Argentina.
Tanto Cristina Fernández como Ricardo Alfonsín no sólo se parecen desde lo ideológico a sus predecesores, sino que también tienen un adversario en común: el vicepresidente de la República Argentina, Julio César Cleto Cobos.
Cuando este personaje emergiera a la luz pública (convengamos que los vicepresidentes son personajes menores en la historia de nuestro país), con su voto "no positivo", se impuso rápidamente como la principal figura de la oposición. Ahora, tanto Alfonsín como Cristina Kirchner deben enfrentarse cotidianamente a él. El primero, para vencerlo en la interna. La segunda, para enviarlo al ostracismo político al cual desean enviarlo desde hace más de dos años. De vencer el bonaerense, las generales se darían entre dos apellidos con una enorme carga política en la reciente historia argentina y ambos con la misma característica: ya no son los iniciadores de aquel movimiento progresista, sino los herederos, la segunda generación.




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