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Lunes 8 de Noviembre de 2010


Locales

La tierra, los hombres y el arado

"Noble arado, tú eres fuerte: sí, más fuerte que la espada fratricida; Esta mata, tú redimes; tus conquistas son más grandes, más sublimes.
Las cosechas de la espada, son cosechas de la Muerte; tus cosechas son las mieses opulentas de la Vida".
Carlos Ortíz


Blanca Stoffel
Especial para LA OPINION


Desde tiempos inmemoriales y cuando el hombre comenzó a dedicarse a la agricultura, necesitó herramientas indispensables para labrar la tierra. Pero nuestros inmigrantes, los primeros en llegar, ¿eran agricultores? ¿O eran agricultores a medias?
Guidotti Villafañe define claramente: "No es posible hablar del agricultor santafesino como un prototipo representativo; esta falta de antecedentes agrícolas o en otros términos una falta de adaptación al medio. La mayor parte de nuestra población agrícola es de origen extranjero; los primeros colonos fueron suizos alemanes; luego vinieron italianos del norte y del centro de Italia y españoles, más tarde llegaron también judíos, rusos e italianos meridionales. Esta variedad de razas ha traído en parte sus costumbres agrícolas; pero que han debido dejar de lado para adaptarse a condiciones económicas netamente distintas; por otra parte y no es de menor importancia, carecían por completo de antecedentes agrícolas; desheredados de la fortuna se dedicaron a la agricultura como podrían haberlo hecho a cualquier otro oficio." (1)
Hicieron un rancho de barro y paja y el pozo para el agua. Sólo tenían algunos animales, los indispensables, una llanura inmensa con perdices, teruterus y caranchos. Al encontrar en la ganadería los productos necesarios para subsistir, leche, manteca, queso y lana en los ovinos, no se habrán preguntado: ¿para qué cultivar?
¿En la mente de aquellos hombres entró alguna vez la idea de que para progresar en este país debían trabajar la tierra, abrir los surcos, sembrar y luego cosechar esos horizontes infinitos de tierra fértil?
Venían de países en donde se vivía pobremente, con lo indispensable, una o dos vacas, alguna oveja, ¿para qué más? ¿Deseaban estos inmigrantes inclinarse sobre el surco habiendo tan gran cantidad de animales vacunos y estar asegurada su alimentación básica?
Los colonizadores -recién llegados- no trajeron arados. Cuando debieron aceptar la agricultura como una exigencia perentoria, la dejaron librada a la iniciativa privada y al esfuerzo de los más audaces. Los más ingeniosos debieron construir sus propios elementos de labranza pero como carecían de materiales adecuados, los construyeron de forma rudimentaria. No obstante una ley de la provincia de Santa Fe estipulaba, en su art. 4°, que se "dará igualmente a cada uno de ellos 2 bueyes, 2 vacas lecheras, l caballo y un arado, l pala, l azada y 20 pesos fuertes para la construcción del rancho." Así fueron los primeros venidos en su mayor parte; los suizos alemanes conservaron- sea por espíritu de raza, educación o mayores facilidades en la colonización, su sistema de explotación, aunque con las forzosas modificaciones del cambio.
En los períodos de activa colonización los que vinieron carecían de antecedentes agrícolas, eran en su mayor parte el exceso obrero de Europa, hombres sin conocimientos, transformados en agricultores solamente por la necesidad.
A un sacerdote jesuita, el Padre Florian Paucke (2) debemos la descripción y el dibujo de uno de los arados más antiguos que se conoce y que fueron usados en nuestro territorio: "Una rama de madera dura encorvada hacia arriba en su extremidad anterior; una gran vara sirve de pértiga; en la punta mayor de esta última se abre un agujero cuadrilongo en el cual se encaja la parte curva de la rama y luego se sujeta fuertemente con una cuerda, mientras que el yugo se ata al extremo opuesto de la vara. Detrás de este arado sujetase un fuerte palo vertical que hace las veces de timón y que el indio maneja con la mano derecha, mientras en la izquierda tiene una cuerda delgada atada a la oreja izquierda del buey y una larga caña que usa como picada".
Cuando se gastaba la punta del primitivo arado se aguzaba otra vez afinándola con el hacha. Sigue relatando el Padre Paucke, que los indios mocovíes iban una vez al año al monte a buscar las ramas para el arado y otras espinosas para usarlas como rastras.
Dejemos el instrumento de labranza de los mocovíes y veamos lo que costó implantar un sistema de trabajo para la tierra, medianamente moderno, práctico y de utilidad para el encargado de roturar la tierra.
Juan Hipólito Vieytes desde las páginas del Semanario de Agricultura y Ganadería escribía: "Hacer del primitivo sistema de trabajo empleado en los cultivos por la carencia de los elementos con que debía trabajar el labrador, declarando que todo aquello era una vergüenza; estamos trabajando con arados de palo, como los del tiempo de los primeros egipcios." El problema subsistió hasta casi los primeros años de la segunda mitad del siglo XIX, hasta que la tierra argentina comenzó a cubrirse de espigas, con el trabajo del arado de palo o de hierro, con que los hombres nuestros y los que vinieron de todas las latitudes del mundo hicieron florecer de espigas el suelo.
Los arados, generalmente se rompían después de un tiempo de duro trabajo y había talleres de herrería que se encargaban de rehacerlos.
En Presidente Roca, Alberto Jacquat tenía un importante taller metalúrgico que hacía reparaciones de los arados y en Rafaela, un tal Pincirolli, en calle Viamonte, hacía el cementado de las rejas con el relleno del filo con material duro. Sabemos que hubo otros herreros que se dedicaron a la reparación de las herramientas agrícolas como Vicente Valciukas en calle Víctor Manuel 267.
A los recién llegados el Gobierno les entregaba 2 bueyes, semillas y algún caballo. Mi abuela, Constancia Defagot de Grossen, nacida en Esperanza en 1870 nos relataba que los bueyes eran animales no domados que se resistían violentamente al yugo de la mancera, por lo cual muchos colonos cambiaron los bueyes por caballos. Los primeros colonos llegados a Esperanza, recibieron de Foster "al fiado" caballos y bueyes para sus faenas e instrumentos de labranza, la mancera, la hoz y la guadaña. Pero muchos inmigrantes avisados ya por las primeras familias traían sus propios instrumentos de labranza. Sin embargo en los primeros tiempos fueron los bueyes de utilidad y gran ayuda para el hombre en el trabajo de la tierra.
Luis Tabernig que era herrero llegado en 1864 a Esperanza puso un taller de herrería donde fabricaba diversos implementos agrícolas en particular, el arado "Tabernig" el que era mucho más económico que los importados por lo cual tuvo gran difusión y prestigio en las colonias de los alrededores.
Unos años después, en 1900, don Nicolás Schneider instala una fábrica de máquinas agrícolas también en Esperanza, con arados más modernos y prácticos.
Según Guillermo Perkins se empezaron a emplear los arados americanos u otros de construcción inglesa o francesa. En esa época no se conocían las sembradoras, tampoco los rodillos y las rastras.
El arado era indispensable para ablandar y esponjar la tierra; era una pieza de madera provista de una reja de piedra que se arrastraba por el suelo. Dice Adelina B. de Terragni (3) que "los trabajos de labranza fueron muy duros en aquellos tiempos; se realizaba con arado de mancera y una yunta de bueyes. Luego se sembraba al voleo y las cosechas se hacían con la hoz y la trilla en los corrales." En el Museo Histórico Municipal tienen dos arados de mancera (los primeros y rústicos arados de nuestros colonos). Uno de ellos perteneció a don Pedro Storero, nacido en Pinerolo (Italia) en 1852. Había llegado a la Argentina cuando tenía 26 años y trabajó denodadamente primero en San Agustín y luego en Santa María de Pilar siendo mediero de José Riviello hasta que pudo juntar el dinero suficiente para comprarle tierras a don Guillermo Lehmann, en Rafaela. En Pilar se había casado con Luisa Marlen Du Sauce con la que tuvo 10 hijos.
Adelina Terragni nos cuenta que la hija Luisa Storero de Bonetto recuerda la estampa de su padre siempre empujando el arado, y evoca la de su madre en múltiples tareas campesinas y en la muy sacrificada tarea doméstica de hacer las compras a caballo, a veces hasta "en pelo" desde Rafaela hasta Pilar" Storero en Rafaela le compró a Lehmann 6 concesiones de 20 cuadras cada una N°: 409-410-411-412-427 y 428 según el Plano General de la Colonia, con el Boleto N° 1138 de fecha 1° de enero de 1882. No podemos determinar si Storero trajo su arado o si lo adquirió ya en la tierra recién comprada.
El otro fue donado por Ernestina de Bruno. Ninguno de ellos tiene marca de fábrica por lo que no podemos determinar dónde fueron adquiridos o si fueron traídos directamente de Europa.
Según Perkins, a partir del arado de mancera, se empiezan a emplear los arados americanos u otros de construcción inglesa o francesa. El problema subsistió casi hasta los primeros años de la segunda mitad del siglo XIX hasta que la tierra argentina comenzó a cubrirse de espigas, con el trabajo del arado de palo o de hierro, con que los hombres nuestros y los que vinieron de todas las latitudes del mundo hicieron florecer de espigas el suelo.
Desde ese entonces, del primitivo arado y el azadón, ahora tan lejanos llegamos a nuestro tiempo en los que un joven labriego sentado en un moderno tractor conduce el arado, mientras escucha música por una radio a transistores o habla por un teléfono celular.

(1) Guidotti Villafañe, Eduardo y colaboradores. La provincia de Santa Fe en el I Centenario de la Independencia Argentina, 1816- 9 de julio 1916 Buenos Aires, Tall.Graf. L.J.Rosso y Cía., 1916.

(2) Paucke, Florian. "Hacia allá y para acá" (Una estada entre los indios Mocovíes) (1749-1767) pág. 173

(3) Terragni, Adelina B. de. Historia de Rafaela ciudad santafesina.
Santa Fe, Colmegna, pág. 68


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