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Domingo 28 de Noviembre de 2010


Editorial

Un país arrasado

Este es un domingo especial para Haití, el país más pobre del continente americano, o mejor dicho debería serlo, pues hay elecciones de nuevo presidente de la República y legisladores, un acto que debería significar abrir una puerta a la esperanza, como es siempre que se renuevan las autoridades. Sin embargo, ese pequeño estado caribeño sólo vive en la desesperanza y sumida su población en la desesperación, pues además de la endémica pobreza, existen factores que parecen haberse enquistado en su existencia, como lo fue en enero pasado esa catástrofe del terremoto, y ahora, como directa consecuencia de la pobreza más absoluta en que vive su población, una epidemia de cólera que ya ha cobrado mucho más de un millar de vidas.
Las informaciones que llegan desde Haití son realmente estremecedoras, al extremo que los familiares llevan a sus enfermos de cólera en carretillas por las calles, buscando algún destino para lograr ser atendidos, ya que también en ese sentido son enormes las dificultades, pues los casos desbordan las escasas posibilidades existentes en materia de atención sanitaria.
De acuerdo con las pocas informaciones oficiales que se conocen, desde mediados del mes de octubre en que fue detectado el primer caso de cólera, se llevarían registrados algo más de 1.300 muertos, unos 23.500 internados y un total de 60.000 contagiados, aunque como casi todo en este desordenado país, todo lo que se diga e informe es sujeto a modificaciones.
Un dato a tener en cuenta es que Puerto Príncipe, la ciudad capital que tiene cerca de 3 millones de habitantes, fue devastada por el terremoto del 12 de enero de este año, con edificios caídos, derrumbes en todos sus sectores, con una imagen similar a haber sido bombardeada, y así continúa en este momento, diez meses después. Nadie, ni el Gobierno ni las organizaciones humanitarias, han hecho absolutamente nada por mejorar la situación, por lo cual Haití, hoy con el cólera y con sus desesperanzados habitantes convocados a elecciones, se asemeja a un país en guerra. Así al menos son los escenarios que cuentan los enviados especiales de medios de comunicación de todo el mundo, presentes allí en estos días, debido a los acontecimientos referidos.
De tanto escombro amontonado en las calles, en Puerto Príncipe hay un polvo amarronado que flota de manera permanente en el ambiente, lo cual puede dar una idea fehaciente de cuál es la situación en que viven los haitianos.
Casi 10 millones de personas -ni siquiera ese es un dato preciso- habitan Haití, un país que fue el primero de esta parte del mundo en declarar su independencia de la colonia francesa en 1804 y que ya en 1794 había abolido la esclavitud, pero que depende casi exclusivamente de la ayuda de las organizaciones humanitarias.
Durante muchas décadas tuvo regímenes de Gobierno encabezados por dictadores, como Papá Doc Duvallier, o bien hasta 2004 Jean Bertrand Arístide, por lo cual la ayuda fue diluyéndose en actos de corrupción a costa de una asistencia que ni el país ni sus pobladores nunca recibieron. Pero además, lo que se había hecho quedó sepultado debajo de los escombros por el terremoto de comienzos de este año, como para empezar nuevamente de cero.
Haití necesita de todo, y hasta ahora tanto por el terremoto antes como ahora por la epidemia de cólera, apenas si recibió un 10% de lo básico que necesitaría para encarar una obra de reconstrucción y asistencia, además de médicos, enfermeros y personal especializado en tareas de montaje de plantas purificadoras de agua, además de instalaciones provisorias para atender a los miles de contagiados por el cólera.
El terremoto de enero pasado había provocado la muerte de 300.000 personas, dejando como consecuencia de cientos de miles de personas sin viviendas, por lo cual se crearon campamentos de refugiados que continúan hoy en día, en los cuales están albergadas 1,3 millón de personas.
Es sencillo imaginar este escenario de desolación, destrucción y, por sobre todas las cosas, la más absoluta desesperanza. Es que los millones de haitianos que aquí sobreviven, es una ajustada manera de decir sobre esta realidad, pues en verdad sobreviven pero nunca podrán aspirar a tener una existencia enmarcada en la esperanza, ya que las posibilidades para ellos son prácticamente nulas.




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