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Martes 30 de Noviembre de 2010


La Palabra

El invitado

Ambiciones ilegítimas*

por Fernando Sorrentino - escritor (Buenos Aires)

Que el vigilante de la esquina aspire a ser nombrado jefe de Policía o que el sueño dorado del cartero sea convertirse en ministro de Comunicaciones parecen -y, sin duda, son- ambiciones desmesuradas. Implican, sin embargo, un afán de progreso y superación, rasgo que despierta nuestra simpatía y hasta nuestro aplauso.
Son, pues, ambiciones desmedidas; pero, fuera de toda discusión, legítimas. Tan legítimas como las de un gato que aspirara a ser tigre o como las de una gallina que desease alcanzar la dignidad del águila. Este es el tipo de ambición que yo estoy dispuesto a admitir: la ambición legítima.
En cambio, no quiero reconocer y rechazo enérgicamente -por ilegítima, por absurda, por inoperante- la pretensión que tienen las cucarachas de convertirse en rinocerontes. No sé si el fenómeno es universal. Sólo me refiero a las cucarachas de mi casa; y, aun así, no a todas, sino únicamente a las del galponcito de las herramientas.
Han realizado, es cierto, algunos progresos. Favorecidas por el cuarto menguante de la luna y el viento del noreste, las cucarachas han empezado a aproximarse a -¿cómo diré?-, a cierto concepto de rinoceronte. Desde luego, todavía no son rinocerontes. Y es muy probable que no logren serlo nunca. Pero concentran todas sus energías físicas y mentales en la consecución de su ideal: ser rinocerontes. A este objetivo viven consagradas las cucarachas, y todas sus acciones son utilitarias y se encaminan a alcanzarlo. Desconocen el ocio y la diversión: trabajan, luchan y se afanan para ser rinocerontes. No creo que sean demasiado talentosas; pero sí activas, diligentes, tesoneras.
Sus comienzos fueron decididamente ridículos. Habiendo desarrollado sólo un diminuto par de cuernos sobre la nariz, las cucarachas arremetían contra cajitas de fósforos, maderitas, bolitas de papel, tapones de bebidas y otros objetos similares, tal como ellas imaginaban que lo harían los rinocerontes contra enemigos de gran peso y volumen. Permanecí largo rato contemplándolas en aquellas prácticas. Las miraba y sonreía. Esos ejercicios, hechos con tanto fervor, me parecían del todo ineficaces para que las cucarachas llegaran a transformarse en rinocerontes, y los veía tanto más risibles en la misma medida de la gran seriedad y concentración con que las cucarachas los realizaban.
Mis trabajos y preocupaciones no siempre me permitieron concurrir a presenciar el entrenamiento de las cucarachas. De todos modos, pasaban meses y meses sin que se advirtieran adelantos dignos de tenerse en cuenta. Tomé nota de que las favorece la conjunción del cuarto menguante de la luna y el viento del noreste.
Sólo así se explica el rápido progreso de estos últimos días. Las cucarachas han logrado convertir su quitina en una coraza paquidérmica, dividida en varias secciones. Ya no son aplanadas, negras y brillosas, sino cilíndricas, grises y opacas. Han desarrollado cola, pezuñas y hábitos herbívoros. Su vista se halla muy debilitada, pero en cambio han acrecentado la agudeza de su olfato. Desde la nariz hasta la grupa miden unos veinte centímetros; calculo que no llegan a pesar dos kilos.
Casi podría decirse que ya son pequeños rinocerontes. No obstante, las cucarachas deben pulir todavía detalles importantes. Conservan en sus actitudes algo de pequeño, de inseguro, de frágil, de ridículo. Pese a su presunta agresividad y al bufido de rinoceronte que logran emitir, todavía conservan una huidiza y temerosa mentalidad de cucarachas. Cuando tomé una en brazos, agitó desesperadamente sus seis patas en el aire, efectuó convulsos movimientos con sus antenas, toda ella se estremeció de terror.
Al soltarla, corrió a refugiarse en un rincón oscuro, bajo unas latas. Actitudes inconcebibles en un verdadero rinoceronte. Sí: a pesar de su armadura paquidérmica, de sus dos cuernos sobre la nariz, de su cuerpo voluminoso, de sus bufidos, de su miopía, aún son más bien cucarachas que rinocerontes.
Sin embargo, parecen rinocerontes. Rinocerontes pequeños, es cierto. Rinocerontes de seis patas. Rinocerontes con largas antenas filiformes y negras. Rinocerontes ovíparos. Pero rinocerontes.
Quise comprobar si mis ojos me engañaban. Ayer invité al diariero a que viera mis cucarachas. Opinó que eran animales un poco raros, que "parecían como chanchitos". Entonces le dije que eran cucarachas: se rió, festejando mi broma.
Y yo ahora me pregunto: cuando estas cucarachas pierdan sus antenas, cuando se deshagan de un par de patas, cuando olviden los temores propios de su estirpe, cuando alcancen un tamaño imponente, cuando pesen una tonelada, cuando, en suma, perfeccionen su exterior identidad de rinocerontes, ¿quién me creerá si yo afirmo que esos rinocerontes son cucarachas?
Y, sobre todo, ¿cómo habrá nacido en las cucarachas la ambición ilegítima de convertirse en rinocerontes? Por momentos, me acometen tentaciones de esgrimir un palo de escoba y exterminarlas a golpes en la cabeza: ahora, cuando todavía es posible hacerlo. Si me reprimo, sólo es porque quiero ver si las cucarachas logran realizar por entero su sueño de transformarse en rinocerontes.

*Ambiciones ilegítimas (1976). El mejor de los mundos posibles, Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, 1976, págs. 19-21.

*Ambiciones ilegítimas (2010). Fernando C. Avendaño, Alicia N. Incarnato y Claudia Toledo, Lengua y literatura III. Prácticas del lenguaje, Buenos Aires, Santillana, 2010, pág. 81-83.


30-11-2010

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