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Lunes 23 de Junio de 2008


Pasiones al aire libre

Perdices como aviones jets

El día de caza amaneció nublado, frío y muy ventoso. Cuando Daniel me pasó a buscar quise ser optimista y aseguré "Después del mediodía va a parar el viento". Llegamos al campo cerca de las 10 de la mañana y las condiciones climáticas eran las mismas. Felipe, dueño del campo, acompañado por el encargado del establecimiento ya nos estaba esperando. Arrimamos la camioneta cerca de un galpón y luego de los saludos de costumbre largamos la pregunta del millón ¿Y... hay perdices? El encargado, que ya nos conocía de años anteriores, nos indicó cuáles eran los potreros donde había visto mayor población. Asimismo nos señaló en cuáles había hacienda que no debía ser molestada y en cuáles debíamos tener cuidado con los boyeros eléctricos. Es muy importante, si queremos ser recibidos cordialmente en otras oportunidades, ser muy respetuosos de este tipo de indicaciones ya que desoírlas puede provocar inconvenientes en la labor propia del campo. Estábamos listos para salir cuando, desde Sunchales llegó Néstor Mosso acompañado de su amigo "Chichín" ambos muy cazadores. Nuevamente los saludos y abrazos, al rato cada uno tomó su escopeta y perro y salimos en dos grupos detrás de las perdices.
Con Daniel caminamos por un potrero de alfalfa con el viento en la cara. Los perros trabajan mucho mejor de esta forma ya que perciben de frente las emanaciones de las perdices y les resulta más fácil encontrar los rastros. La pastura estaba bastante alta para mi perra Bretona así que enfilé hacia una parte del potrero que estaba más pelada. No había quemado ningún cartucho cuando Daniel ya había volteado tres o cuatro perdices. Pero a los pocos pasos un cambio en la forma de caminar de "Mechi" me indicó que ya estaba sobre un rastro. Unos metros más y se levantó la Perdiz ¿o era un avión jet? El ave se levantó primero hacia delante y arriba para luego volar hacia mi espalda empujada por el viento. Puedo asegurar que, ayudadas por el fuerte viento, las perdices duplicaban su velocidad de vuelo habitual. Sonó un disparo y luego otro y cayó la perdiz. Corrió Mechi hacia el lugar donde estaba su presa para regresar con el animal en la boca. ¡Dame Mechi!! y la soltó a mis pies. Al llegar al alambrado levantó dos o tres más acertando en el primer disparo. Unos 300 metros más adelante diviso un potrero con una avena corta y enfilo hacia el mismo, pero antes debía pasar por un sector del campo que estaba casi pelado. Había caminado unos cincuenta metros dentro del mismo cuando la perra encontró un rastro. Estaba desorientada, iva y venía buscando el origen de las emanaciones hasta que encaró firme y levantó una liebre. Estaba cerca y salió corriendo en la misma dirección que yo iba caminando así que apunté a la cabeza y luego corrí unos 50 centímetros delante del animal, apreté la cola del disparador y rodó la orejuda por la tierra.
Miré el reloj y las agujas marcaban poco más de las once. A lo lejos había visto que Daniel había cazado unas cuantas y me hacía señas de regresar. Los días de viento las perdices salen volando en la misma dirección del viento y son muy veloces. Si no tienen otra vía de escape que volar contra el viento, lo hacen a unos 50 centímetros del suelo siendo ambas posibilidades bastante complicadas para el tirador. Además si se usa munición muy fina, en los tiros largos, el viento las desvía del blanco. Por eso en días así lo ideal es utilizar munición N° 7 para el primer tiro y N° 6 para el segundo. Cuando llegamos al establecimiento la mesa estaba preparada en un galpón a resguardo del viento.
Prendimos el fuego y al rato estaba el asado chirriando sobre la parrilla. Tito y Chichín habían estado cazando en unos potreros detrás de la casa y tenían ambos unas cuantas perdices. Luego vino el almuerzo con miles de anécdotas de caza y una sobremesa larga esperando que pare el viento. Por la tarde, el viento parecía más fuerte dando por tierra con mis predicciones. Con Daniel decidimos caminar por donde habían estado Tito y su amigo, mientras que ellos fueron acompañados por Felipe a otro campo cercano. Nuevamente tuve la suerte de cazar otra liebre mientras que Daniel disfrutaba de la labor de su perro y llenaba la perdicera. El cielo seguía nublado por lo que los rayos del sol parecían perder fuerza más temprano. Tanto Daniel como yo teníamos el morral lleno, y además dos liebres, así que aunque no era tan tarde, decidimos volver. La tarde terminó con unos mates y unos alfajores de chocolate y la promesa de hacer un viaje a Santiago con Tito y Chichín.. Y si promete portarse bien... lo llevamos a Felipe.

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