Perdices como aviones jets
El día de caza amaneció nublado, frío y muy ventoso. Cuando Daniel me
pasó a buscar quise ser optimista y aseguré "Después del mediodía va a
parar el viento". Llegamos al campo cerca de las 10 de la mañana y las
condiciones climáticas eran las mismas. Felipe, dueño del campo,
acompañado por el encargado del establecimiento ya nos estaba
esperando. Arrimamos la camioneta cerca de un galpón y luego de los saludos de
costumbre largamos la pregunta del millón ¿Y... hay perdices? El
encargado, que ya nos conocía de años anteriores, nos indicó cuáles
eran los potreros donde había visto mayor población. Asimismo nos
señaló en cuáles había hacienda que no debía ser molestada y en cuáles
debíamos tener cuidado con los boyeros eléctricos. Es muy importante,
si queremos ser recibidos cordialmente en otras oportunidades, ser muy
respetuosos de este tipo de indicaciones ya que desoírlas puede
provocar inconvenientes en la labor propia del campo. Estábamos listos
para salir cuando, desde Sunchales llegó Néstor Mosso acompañado de su
amigo "Chichín" ambos muy cazadores. Nuevamente los saludos y abrazos,
al rato cada uno tomó su escopeta y perro y salimos en dos grupos
detrás de las perdices.
Con Daniel caminamos por un potrero de alfalfa con el viento en la
cara. Los perros trabajan mucho mejor de esta forma ya que perciben de
frente las emanaciones de las perdices y les resulta más fácil encontrar
los rastros. La pastura estaba bastante alta para mi perra Bretona
así que enfilé hacia una parte del potrero que estaba más pelada. No
había quemado ningún cartucho cuando Daniel ya había volteado tres o
cuatro perdices. Pero a los pocos pasos un cambio en la forma de
caminar de "Mechi" me indicó que ya estaba sobre un rastro. Unos metros
más y se levantó la Perdiz ¿o era un avión jet? El ave se levantó
primero hacia delante y arriba para luego volar hacia mi espalda
empujada por el viento. Puedo asegurar que, ayudadas por el fuerte
viento, las perdices duplicaban su velocidad de vuelo habitual. Sonó un
disparo y luego otro y cayó la perdiz. Corrió Mechi hacia el lugar
donde estaba su presa para regresar con el animal en la boca. ¡Dame
Mechi!! y la soltó a mis pies. Al llegar al alambrado levantó dos o
tres más acertando en el primer disparo. Unos 300 metros más adelante
diviso un potrero con una avena corta y enfilo hacia el mismo, pero
antes debía pasar por un sector del campo que estaba casi pelado. Había
caminado unos cincuenta metros dentro del mismo cuando la perra
encontró un rastro. Estaba desorientada, iva y venía buscando el origen
de las emanaciones hasta que encaró firme y levantó una liebre. Estaba
cerca y salió corriendo en la misma dirección que yo iba caminando así
que apunté a la cabeza y luego corrí unos 50 centímetros delante del
animal, apreté la cola del disparador y rodó la orejuda por la tierra.
Miré el reloj y las agujas marcaban poco más de las once. A lo lejos
había visto que Daniel había cazado unas cuantas y me hacía señas de
regresar. Los días de viento las perdices salen volando en la misma
dirección del viento y son muy veloces. Si no tienen otra vía de escape
que volar contra el viento, lo hacen a unos 50 centímetros del suelo
siendo ambas posibilidades bastante complicadas para el tirador. Además
si se usa munición muy fina, en los tiros largos, el viento las desvía
del blanco. Por eso en días así lo ideal es utilizar munición N° 7 para
el primer tiro y N° 6 para el segundo. Cuando llegamos al establecimiento la mesa estaba preparada en un galpón a resguardo del viento.
Prendimos el fuego y al rato estaba el asado chirriando sobre la
parrilla. Tito y Chichín habían estado cazando en unos potreros detrás
de la casa y tenían ambos unas cuantas perdices. Luego vino el almuerzo
con miles de anécdotas de caza y una sobremesa larga esperando que pare
el viento. Por la tarde, el viento parecía más fuerte dando por tierra
con mis predicciones. Con Daniel decidimos caminar por donde habían
estado Tito y su amigo, mientras que ellos fueron acompañados por
Felipe a otro campo cercano. Nuevamente tuve la suerte de cazar otra
liebre mientras que Daniel disfrutaba de la labor de su perro y llenaba
la perdicera. El cielo seguía nublado por lo que los rayos del sol
parecían perder fuerza más temprano. Tanto Daniel como yo teníamos el
morral lleno, y además dos liebres, así que aunque no era tan tarde,
decidimos volver. La tarde terminó con unos mates y unos alfajores de
chocolate y la promesa de hacer un viaje a Santiago con Tito y Chichín.. Y
si promete portarse bien... lo llevamos a Felipe.
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