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Editorial
Naturaleza alterada
Solamente en el último año se produjeron una serie de fenómenos
naturales de inusitada magnitud, que fueron desde copiosísimas lluvias
que significaron muy importantes inundaciones, hasta sequías de varios
meses que transformaron zonas productivas en semidesérticas, pasando
por aludes de barro, nevadas pocas veces vistas y vientos que se
transformaron rápidamente en huracanes y tornados. Un claro ejemplo fue
que logró verse el dique San Roque en Córdoba, prácticamente seco,
retrayéndose sus márgenes hasta dejar en descubierto prácticamente la
parte del fondo del lago, en muchos lugares.
Pero toda esta sucesión de episodios, a los cuales deben agregarse
frecuentes lluvias en grandes centros poblados, que como el caso de
Buenos Aires experimentaron consecuencias muy serias, habida cuenta de
no estar acondicionado su sistema para recibir cantidades de elevado
milimetraje en muy poco tiempo, es altamente probable que dejen de
constituir una sorpresa, ya que por el contrario, según explican los
especialistas en el estudio del clima, se convertirán en algo habitual
en nuestro país.
Y esto no es nuevo ni mucho menos, ya que desde hace al menos tres años
los científicos vienen anticipando que por la influencia de un fenómeno
cíclico como El Niño -el cual consiste en el calentamiento de las aguas
del Océano Pacífico, lo que a su vez significa más lluvias en las
cuencas de los ríos Paraná, Uruguay, Paraguay y el Río de la Plata,
provocando estos desequilibrios que significan las inundaciones.
Pero claro, no sólo se trata de un fenómeno exclusivamente natural, ya
que aquí también tuvo participación la mano del hombre, derivados de
los fuertes cambios en el uso del suelo, ya que varios cientos de miles
de hectáreas de bosques naturales fueron reemplazadas por cerealeros,
que además de provocar una alteración por ese solo hecho, se agrava por
el esparcimiento de agroquímicos que terminan por incrementar el daño.
Si a eso que ocurre en nuestro territorio, añadimos que el
calentamiento global continúa avanzando por los gases de efecto
invernadero que nunca terminan por ser controlados, entonces terminamos
por concluir en un escenario decididamente complicado. Es que aun
cuando algunas causas, está en el Estado controlarlas, otros como el
recalentamiento global son responsabilidad de todos los países en su
conjunto. O tal vez, mejor dicho, en aquellos principales emisores de
gases como Estados Unidos, China e India, ya que entre los tres
explican el 60% del total, pero sus gobiernos optan por dejar
prevalecer las defensas de sus industrias en lugar de hacerlo por el
hábitat de la raza humana, objeto de un permanente deterioro, que se
agiganta aceleradamente ante la impávida actitud de las potencias del
planeta.
Existen datos que respaldan estas hipótesis, las cuales escapan a las
simples estimaciones, ya que por ejemplo, al compás del aumento de un
grado de temperatura del globo terráqueo cada 100 años, aquí en el
centro y norte de la Argentina, en ese mismo período de un siglo las
lluvias tuvieron un incremento de 23%, en tanto que en otras regiones,
como la del este que está más alejada del Niño, las precipitaciones de
los últimos 100 años se contrajeron 50 por ciento.
En cuanto al fenómeno de los aludes, aquí poco y nada tiene que ver la
naturaleza, ya que es la intervención del hombre, que mediante la
deforestación -sólo en los últimos 6 años desaparecieron un millón de
hectáreas de bosques nativos- provoca que las lluvias caídas en zonas
montañosas no tengan contención, por lo cual su rápido escurrimiento
hacia zonas bajas termina provocando estos aludes conformados
especialmente por el barro, pero acrecentado en sus efectos por los
pequeños árboles y ramas que arrastra a su paso. El episodio ocurrido
en Tartagal es un claro ejemplo.
Aguardemos que el mundo tome conciencia e inicie de una vez por todas
una cruzada para salvar la tierra, pero mientras tanto exijamos aquí en
la Argentina la adopción de medidas.
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