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Editorial
La desigualdad
La desigualdad social en Latinoamérica y el Caribe es la más
pronunciada del mundo, constituyendo una situación que viene
registrándose desde centurias, sin que los gobiernos de turno hayan
hecho algo por tratar de mejorarlo. O bien, que aún intentándolo hayan
tenido malos resultados, al punto de no haberse visualizado nunca algún
cambio, por pequeño que fuese.
Según este informe del Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo, la desigualdad en estas dos regiones es tan grande y
persistente que se ha transformado en un círculo vicioso, de acuerdo
con la definición a la que llegaron los expertos de Naciones Unidas que
analizaron el tema, y difundieron los resultados del estudio.
Se destaca que 10 de los 15 países más desiguales del mundo
corresponden a la región, lo cual la convierte en la más desigual en
cuanto al ingreso per cápita de los hogares.
Esta especie de situación hereditaria de la pobreza va trasladándose de
generación en generación, siendo para ellos -desde tantísimos años-
poco menos que inexistente la posibilidad de tener acceso a algunos
elementos indispensables, no digamos para el confort sino para la
salud, como el agua potable, cloacas, vivienda digna, electricidad y
transporte. Sin eso, es poco menos que imposible el poder pretender
superar el nivel de vida que vienen heredando de sus padres, y estos a
su vez de sus abuelos.
Por otra parte, el crecer y tratar de desarrollarse -un objetivo casi
inútil en tales condiciones- en ese ambiente va limitando no sólo las
posibilidades sino las ambiciones, que se ajustan al escenario que les
ha tocado vivir, siendo muy pocos los que consiguen salir de ese
círculo vicioso. Ante tal perspectiva, las personas van reduciendo sus
aspiraciones, o bien fijándolas mucho más modestamente, quedando muy en
claro que la desigualdad, entre otras cosas, "restringe las
oportunidades de desarrollo de amplios segmentos de la población,
dificulta la formación de capital humano y limita las posibilidades de
invertir en educación y salud, lo cual a su vez merma la capacidad de
crecimiento económico".
Este Programa de las Naciones Unidas, que refleja la situación social,
desde siempre refleja las estadísticas en forma globalizada,
sosteniéndose entonces en promedios, lo cual en buena medida era una
manera de ocultamiento de las desigualdades, razón por la cual en
algunos casos se destacaba el crecimiento económico pero en cambio de
ocultaba que simultáneamente se acrecentaba la brecha entre ricos y
pobres. Ahora con el componente de las desigualdades la radiografía
social es un elemento mucho más transparente en cada uno de los casos.
Dentro de esta perspectiva, la desigualdad continúa siendo de género,
ya que las mujeres siguen teniendo salarios inferiores a los de los
varones, incluso en aquellos casos de igual nivel de capacitación y
responsabilidad. Luego también aparecen las desigualdades de
características étnicas y raciales, que provocan que la población
indígena se mantenga invariablemente en los peldaños inferiores de la
escala social. Y también, las limitaciones territoriales, que hacen que
exista una pronunciada limitación de acceso a los servicios, de modo
especial a los habitantes de las zonas rurales.
Por otra parte, la preservación poco menos que inalterable de las
instituciones que privilegian a los sectores dominantes de la sociedad,
hace que la acumulación de la riqueza siempre se acumule en las franjas
más ricas". Y como además, tanto en Latinoamérica como el Caribe el
sistema tributario privilegia los impuestos al consumo, antes que los
de ingresos y propiedades, se continúa ampliando la brecha existente
entre los ingresos de los sectores más ricos y los más pobres, pues
estos pagan tanto impuesto como aquellos, por el sólo hecho de
consumir.
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