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Cartas de lectores
¿Incluir o reclutar?
Sr. Director:
La inclusión escolar debe ser un tema preponderante en cualquier
programa de Gobierno; sea este de índole nacional, provincial o
municipal. Las consecuencias a mediano y largo plazo que trae la
ausencia de políticas vinculadas a esto, son más que evidentes: falta
de oportunidades, exclusión social, marginalidad, resentimiento de
clases; desembarcando todo esto en una violencia siempre irracional que
termina aportando su cuota a la hora de explicar la inseguridad.
Desde los discursos políticos se cae permanentemente en el reduccionismo de vincular a la inclusión con el simple hecho de engrosar la
matrícula escolar, y el desarrollo de cualquier programa inclusivo sólo
parece estar orientado a aumentar la cantidad de alumnos en las aulas
de los establecimientos. De esta manera el enfoque se coloca sobre
aquello que es medible en el corto plazo y no en el proceso que debe
darse dentro del sistema educativo. Sería engañoso pensar que un niño
se encuentra incluido por el mero hecho de pertenecer a una escuela,
como si el certificado de alumno regular otorgado por un establecimiento dotara a los individuos de facultades intelectuales extraordinarias que antes no tenían. O peor, creer que el sistema educativo
funciona tan bien, que el único esfuerzo de los funcionarios debe ser
el de incorporar niños a las instituciones, dejando el resto del
trabajo a la escuela y sus docentes. ¿Tienen las escuelas hoy los
recursos humanos y materiales para hacer de la inclusión un hecho real
y no sólo discursivo? ¿Poseen hoy los docentes las condiciones de
trabajo adecuadas para garantizar una integración efectiva de los
alumnos que la necesitan?
El reclutamiento forzoso de infantes no asegura por si mismo la
inclusión de aquellos niños marginados, para esto es necesario el
funcionamiento adecuado de un sistema educativo que los contenga y les
brinde posibilidades concretas de aprender a pesar de sus carencias,
sean estas de cualquier índole. No alcanza con plantearnos cómo hacer
para que más chicos asistan a las escuelas, sino de qué manera logramos
que incluso los que ya están en los establecimientos logren integrarse
al sistema. Además de pensar en incorporar a las instituciones aquellos
niños que por alguna circunstancia no se encuentran en ellas, debemos
pensar también qué les ofreceremos una vez que concurran a las mismas.
El ingreso de un niño marginado a una institución educativa sin la
asistencia correspondiente no significa resolver el problema, sino
simplemente cambiarle de rótulo. Las mismas actitudes propias de la
exclusión como pueden ser agresividad, desinterés, falta de apego a las
normas, conflictividad interpersonal, entre otras; continuarán
manifestándose durante toda la escolaridad del niño ahora devenido en
alumno. Tales actitudes trasladadas a un aula sobrepoblada y sin una
red de contención social que abarque todos los aspectos del educando,
potencian el problema generando un clima de permanente conflictividad
dentro de las escuelas. Esto entorpece el desarrollo habitual de las
clases y dificulta el aprendizaje haciendo imposible la integración, no
sólo de aquellos alumnos que lo necesitan sino del grupo áulico en
general. Este amontonamiento de escolares dentro de un aula con un
docente desbordado física y psíquicamente algunos funcionarios
pretenden seguir llamándolo inclusión.
La frase preferida de los reclutadores educativos parece ser la
siguiente: ¿más chicos en las escuelas, menos chicos en las esquinas?;
haciendo de la inclusión una especie de ecuación matemática que en la
realidad cotidiana no funciona necesariamente de esta manera. En las
esquinas también se encuentran alumnos, que por el simple hecho de
asistir a un establecimiento educativo no han dejado la calle como
forma de vida. Lo que pretende la frase en cuestión es dejar de lado la
responsabilidad del Estado y atribuirle a la escuela la función de
otras instituciones públicas proponiéndola como solución a todos los
problemas sociales; a expensas de su rol principal: la enseñanza. Antes
de proponer a la escuela como la solución, deberían primero solucionar
los problemas de la escuela.
Nadie duda que el primer paso para la inclusión de un niño marginado en
cualquier aspecto es incorporarlo a una institución educativa, pero no
se pueden agotar en esta instancia los discursos y las acciones
políticas. La contención y condición del sistema al que ingresa un
individuo es fundamental para asegurar una inclusión efectiva; y el
Estado no puede estar ausente en este sentido. No necesitamos un Estado
que reclute niños y adolescentes para confinarlos dentro de cuatro
paredes bajo cualquier circunstancia, sino un programa de Gobierno que
incluya políticas educativas profundas despojadas de intereses
electorales cortoplasistas. Para reclutar alcanza con bajar las
exigencias de promoción o subir los límites de inasistencias, en cambio
para incluir es necesario aportar profesionales y estrategias que
ayuden a los alumnos a superar sus dificultades. Para reclutar basta
con cerrar las aulas con llave para que los escolares no se escapen, en
cambio para incluir hace falta un plan de contención donde la escuela
sea la elección voluntaria del alumno. Para recluir sólo se necesita
prometerles un plan social a los padres para que estos manden sus hijos
a estudiar, en cambio para incluir se requiere un programa de
acompañamiento integral del alumno que abarque todas sus necesidades.
Para reclutar es suficiente con discursos demagógicos que prometan
aquello que el sistema educativo hoy no puede brindar, en cambio para
incluir son necesarios recursos que sustenten acciones coordinadas
desde todos los sectores del Estado. Continuando por el camino de la
reclusión, la inclusión seguirá siendo un simulacro dentro de nuestras
escuelas, pero tan creíble que nadie hará nada para cambiarlo.
Prof. Julio C. Armando
DNI 28.133.033
juliocesararmandoi@hotmail.es
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