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Martes 16 de Marzo de 2010


Cartas de lectores

¿Incluir o reclutar?

Sr. Director:

La inclusión escolar debe ser un tema preponderante en cualquier programa de Gobierno; sea este de índole nacional, provincial o municipal. Las consecuencias a mediano y largo plazo que trae la ausencia de políticas vinculadas a esto, son más que evidentes: falta de oportunidades, exclusión social, marginalidad, resentimiento de clases; desembarcando todo esto en una violencia siempre irracional que termina aportando su cuota a la hora de explicar la inseguridad.
Desde los discursos políticos se cae permanentemente en el reduccionismo de vincular a la inclusión con el simple hecho de engrosar la matrícula escolar, y el desarrollo de cualquier programa inclusivo sólo parece estar orientado a aumentar la cantidad de alumnos en las aulas de los establecimientos. De esta manera el enfoque se coloca sobre aquello que es medible en el corto plazo y no en el proceso que debe darse dentro del sistema educativo. Sería engañoso pensar que un niño se encuentra incluido por el mero hecho de pertenecer a una escuela, como si el certificado de alumno regular otorgado por un establecimiento dotara a los individuos de facultades intelectuales extraordinarias que antes no tenían. O peor, creer que el sistema educativo funciona tan bien, que el único esfuerzo de los funcionarios debe ser el de incorporar niños a las instituciones, dejando el resto del trabajo a la escuela y sus docentes. ¿Tienen las escuelas hoy los recursos humanos y materiales para hacer de la inclusión un hecho real y no sólo discursivo? ¿Poseen hoy los docentes las condiciones de trabajo adecuadas para garantizar una integración efectiva de los alumnos que la necesitan?
El reclutamiento forzoso de infantes no asegura por si mismo la inclusión de aquellos niños marginados, para esto es necesario el funcionamiento adecuado de un sistema educativo que los contenga y les brinde posibilidades concretas de aprender a pesar de sus carencias, sean estas de cualquier índole. No alcanza con plantearnos cómo hacer para que más chicos asistan a las escuelas, sino de qué manera logramos que incluso los que ya están en los establecimientos logren integrarse al sistema. Además de pensar en incorporar a las instituciones aquellos niños que por alguna circunstancia no se encuentran en ellas, debemos pensar también qué les ofreceremos una vez que concurran a las mismas.
El ingreso de un niño marginado a una institución educativa sin la asistencia correspondiente no significa resolver el problema, sino simplemente cambiarle de rótulo. Las mismas actitudes propias de la exclusión como pueden ser agresividad, desinterés, falta de apego a las normas, conflictividad interpersonal, entre otras; continuarán manifestándose durante toda la escolaridad del niño ahora devenido en alumno. Tales actitudes trasladadas a un aula sobrepoblada y sin una red de contención social que abarque todos los aspectos del educando, potencian el problema generando un clima de permanente conflictividad dentro de las escuelas. Esto entorpece el desarrollo habitual de las clases y dificulta el aprendizaje haciendo imposible la integración, no sólo de aquellos alumnos que lo necesitan sino del grupo áulico en general. Este amontonamiento de escolares dentro de un aula con un docente desbordado física y psíquicamente algunos funcionarios pretenden seguir llamándolo inclusión.
La frase preferida de los reclutadores educativos parece ser la siguiente: ¿más chicos en las escuelas, menos chicos en las esquinas?; haciendo de la inclusión una especie de ecuación matemática que en la realidad cotidiana no funciona necesariamente de esta manera. En las esquinas también se encuentran alumnos, que por el simple hecho de asistir a un establecimiento educativo no han dejado la calle como forma de vida. Lo que pretende la frase en cuestión es dejar de lado la responsabilidad del Estado y atribuirle a la escuela la función de otras instituciones públicas proponiéndola como solución a todos los problemas sociales; a expensas de su rol principal: la enseñanza. Antes de proponer a la escuela como la solución, deberían primero solucionar los problemas de la escuela.
Nadie duda que el primer paso para la inclusión de un niño marginado en cualquier aspecto es incorporarlo a una institución educativa, pero no se pueden agotar en esta instancia los discursos y las acciones políticas. La contención y condición del sistema al que ingresa un individuo es fundamental para asegurar una inclusión efectiva; y el Estado no puede estar ausente en este sentido. No necesitamos un Estado que reclute niños y adolescentes para confinarlos dentro de cuatro paredes bajo cualquier circunstancia, sino un programa de Gobierno que incluya políticas educativas profundas despojadas de intereses electorales cortoplasistas. Para reclutar alcanza con bajar las exigencias de promoción o subir los límites de inasistencias, en cambio para incluir es necesario aportar profesionales y estrategias que ayuden a los alumnos a superar sus dificultades. Para reclutar basta con cerrar las aulas con llave para que los escolares no se escapen, en cambio para incluir hace falta un plan de contención donde la escuela sea la elección voluntaria del alumno. Para recluir sólo se necesita prometerles un plan social a los padres para que estos manden sus hijos a estudiar, en cambio para incluir se requiere un programa de acompañamiento integral del alumno que abarque todas sus necesidades.
Para reclutar es suficiente con discursos demagógicos que prometan aquello que el sistema educativo hoy no puede brindar, en cambio para incluir son necesarios recursos que sustenten acciones coordinadas desde todos los sectores del Estado. Continuando por el camino de la reclusión, la inclusión seguirá siendo un simulacro dentro de nuestras escuelas, pero tan creíble que nadie hará nada para cambiarlo.

Prof. Julio C. Armando
DNI 28.133.033
juliocesararmandoi@hotmail.es





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